¿POR QUÉ EL PRÓLOGO DE UN LIBRO ARGENTINO DEVINO EN LAUDATIO FUNEBRIS DE SU AUTOR?

Luis Rodríguez Ennes

Catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Vigo (España)

Hace unos meses, fallecía de improviso mi buen amigo e ilustre colega el Dr. Andrés Eduardo Guillén; contaba tan sólo cincuenta y tres años de edad. Constituye para mí un gran honor el poder rendir póstumo homenaje a quien fuera miembro prominente de la Asociación de Derecho Romano de la República Argentina. Debo confesar que la tarea ha revestido una difícil facilidad. Comprenderéis enseguida que –en el corto espacio de tiempo que por cortesía a los presentes quiero emplear- solamente podré resaltar algunos aspectos de tan entrañable figura debiendo callar otros –no porque sean menos importantes- sino por imposibilidad manifiesta.

Ha llegado la triste hora de explicar a quienes pertenecen a su mundo científico, a su entorno profesional y al campo universitario, que todas las personas civilizadas y de buena fe tienen el mismo luto que lo que le conocíamos y hablábamos con él de nuestros afanes comunes. No bastan para eso los curricula. Tengo ante mi vista la quincena de páginas de apretada letra impresa por donde desfila –como el ejército de hormigas en hilera que contempló Antonio Machado- la serie de sus libros, sus servicios de cargos académicos, sus honores, sus sociedades científicas… Pero al contrario de alabanza no se puede vestir de catálogo, hay que proclamar y decir claramente los motivos esenciales del elogio.

Es sabido que ha muerto una persona que dedicó su vida a mostrarnos a todos –incluso a los ajenos a la vida universitaria- caminos de tolerancia, de paz y de bondad, y que lo hizo con la perseverancia modesta y mineral de un verdadero profesor, ese sujeto que nunca puede dejar de laborear con su pensamiento, que constituye una herramienta de trabajo insensible a horarios, fiestas o jubilaciones. Es difícil para mí, por no decir que me resulta imposible, hablar de él sin rozar los límites de la retórica lagrimosa en la que volcar la auténtica conmoción, cuando no se es capaz –a poquísima distancia del evento- de controlarse. Concédaseme por ello que reenvíe a mi ilustre auditorio a lo que no poco he escrito sobre él en el prólogo que –a petición suya pergeñé- para el Manual de Derecho romano que el Prof.Guillén redactó junto con la profesora Fabré.

La gozosa tarea de hacer la presentación de un libro a solicitud de su autor representa un honor y, al propio tiempo, un reto, ya que obliga al prologuista a hacer un ejercicio de dominio académico, de experiencia dilatada sobre una materia que sale de la imprenta con la lozanía y perfección que todo investigador persigue. Así las cosas, y como exordio a mi requerido oficio de prologuista, quisiera poner de manifiesto las múltiples y heterogéneas razones que hacen especialmente atractiva a mi persona tomar la pluma para afrontar el encargo. Lo haré con brevedad siguiendo el imperativo gracianesco, porque como señala Gregorio Marañón –de cuyo florido verbo disfrutaron los bonaerenses en el primer tercio del siglo pasado- "en los banquetes exquisitos los aperitivos huelgan". Ante todo, me he sentido obligado a ello por un deber de amicitia lo cual, entre romanistas que comprendemos cabalmente el hondo significado de tal vocablo, constituye un deber sagrado e inviolable. Conocí al Prof. Dr. Andrés Eduardo Guillén -al tiempo de comenzar su andadura la Asociación Iberoamericana de Derecho Romano- con motivo de los congresos anuales a los que nunca dejó de concurrir sin duda, como muchos de sus compatriotas, tras realizar grandes sacrificios por mor de los duros avatares económicos padecidos por la República Argentina y a los que, afortunadamente, me consta como testigo presencial de ello, está superando con éxito. En las sesiones científicas y en los –también imprescindibles- actos sociales, pude colegir su honda preparación y su bonhomía. En segundo término, por tratarse de un prominente profesor argentino y yo ser un colega que nació y ejerce sus labores docentes e investigadoras en Galicia; dicho en román paladino: porque soy un "gallego" de verdad y en mi condición de tal puedo considerarme "medio argentino", no en vano mis dos únicos tíos vivos –por línea paterna y materna- residen en la provincia de Buenos Aires y la mayor parte de mis primos carnales moran en las dos "bandas" del imponente estuario rioplatense. Como español, también, debo proclamar mi gratitud por la impagable deuda que tenemos con la gran República Austral por haber acogido con una generosidad sin límites a millones de nuestros ancestros y haber facilitado el clima propicio para que los más granado de nuestra intelectualidad –llegada a tierras del Plata en los barcos del exilio republicano- Sánchez Albornoz, Ortega y Gasset, Jiménez de Asua, Francisco Ayala, Alberti, etc. hubiese podido continuar su imperecedera obra en tierras lejanas pero, al propio tiempo, tan próximas. Finalmente, pero no en último lugar, porque estas líneas prologales van dirigidas a glosar una obra escrita después de largos años de dedicación al Derecho romano; en efecto, un texto de exclusivo alcance pedagógico como el que glosamos, sólo puede ser confeccionado al socaire de largas y frecuentes reflexiones, lo que convierte a la manualística en una técnica únicamente accesible a aquellos que han alcanzado un alto grado de madurez profesional y, por ende, biológica. Yo siempre he desconfiado sin ambages de aquellos libros de texto redactados a vuelapluma por autores inexpertos...

Estas lecciones fueron escritas para alumnos que están inmersos en el ambiente jurídico argentino que, como es sabido, forma parte de la familia romano-germánica, merced a la recepción iberoamericana de las ideas iluministas europeas cimentadoras de los presupuestos teóricos y de los esquemas ideales de las codificaciones modernas. ¿Cómo llegó la ideología de las Luces a Iberoamérica? Se ha hablado –con cierta dosis de exageración sin duda –de los "barcos de la Ilustración" que transportaban al mismo tiempo que los productos, los libros, las noticias y las ideas de la Europa culta. Con todo, en América, como en España, y más aún que en España, lo que se entendía como Ilustración sólo tenía una relación lejana con el movimiento enciclopedista francés. Se trataba, no de "aplastar lo infame", sino de elevar el nivel cultural de la población permaneciendo fieles, en lo esencial, al catolicismo tradicional, al que sólo se procuró adaptar a las exigencias del mundo moderno: menos metafísica y más física. La obra del padre Feijoo, divulgador de talento, parece haber sido mucho más meditada y leída que la de Rousseau.

El movimiento de la Ilustración llegó a América a través de España, merced a aquellos funcionarios tan criticados a los que, a partir de 1765, se les encargó modernizar las colonias. La mayor parte de ellos eran hombres bien preparados para su misión y estaban animados por un espíritu nuevo. Llegaron a hacer fructificar el territorio, a sacarlo de su letargo y a conducirlo por la vía del progreso. Los obispos nombrados por España tenían los mismos propósitos. Bajo el impulso de unos y otros se fundaron sociedades patrióticas de acuerdo con el modelo de las que ya funcionaban en la metrópoli con el fin de desarrollar la instrucción pública, la agricultura y el comercio; se abrieron bibliotecas públicas a partir de las confiscadas a la Compañía de Jesús; se crearon imprentas allí donde aún no había y se alentó la publicación de periódicos y revistas para difundir las Luces. Por doquier, se hizo un esfuerzo por reducir el peso de las disciplinas tradicionales –teología, metafísica, Derecho romano- y por introducir materias nuevas –matemáticas, física, ciencias naturales, jurisprudencia, Derecho natural.

No cabe duda, pues, que las ideas codificadoras penetraron en Iberoamérica al socaire de los vientos ilustradores. En cambio, conviene precisar que el objetivo propio de la codificación no es el cambio sustancial del Derecho. La Codificación, por tanto, no es sinónimo de innovación jurídica; lo es en cuanto a los modos de conservación, manifestación y fijación del Derecho y por lo que atañe a su estructura; pero no en punto a su contenido, pues los Códigos son también el reflejo del derecho tradicional por el que se ha regido un determinado pueblo a lo largo de su historia, y ello sin perjuicio de dar acogida a nuevas instituciones, o a obras preexistentes, ahora convenientemente reformadas. Derecho que se ofrece sistematizado, conciso y "racionalizado" a través de un nuevo lenguaje, sin duda para descubrir y corregir las deficiencias de que adolecía el Derecho del Antiguo Régimen.

Alcanzado este punto en nuestro iter expositivo, debemos preguntarnos acerca de la existencia o no de la solución de continuidad en la vigencia del derecho hispano, tras la independencia de las antiguas colonias. Ante todo, es necesario constatar un fenómeno que es consecuencia de la psicología de toda colonia que se libera: en el primer momento, al hilo del ardor de la lucha por la emancipación, se generan enconos que impulsan a cortar todo vínculo con el país colonizador. Esta actitud se refleja netamente en los países que se apresuraron a codificar su Derecho civil, como Bolivia, que procuraron volver las espaldas a la tradición jurídica de la metrópoli, y así vemos que el Código civil de Bolivia, sancionado en 1831, es una simple traducción del Código napoleónico. Con posterioridad a la Independencia, a pesar de las Constituciones y de los Códigos, la vigencia de muchas leyes españolas se perpetúa a través de los años por simple inercia. Basta, por ejemplo, con abrir el Código civil argentino y releer las notas que Vélez Sarsfield colocó a los artículos, para encontrar a cada paso referencias a las leyes de Partida, puro derecho común romano-canónico, que el ilustre codificador argentino conocía perfectamente y manejaba con soltura, no sólo porque las estudió en la Universidad de Córdoba, sino también porque en el ejercicio diario de la profesión debía aplicarlas. Menciona también la Novísima Recopilación, pese a que –según las opiniones más generalizadas- no llegó a tener vigencia en el Virreinato del Río de la Plata y cita igualmente normas de carácter especial como las Reales cédulas para América y la Ley Hipotecaria de 1861. Por lo que hace al Proyecto de García Goyena, sabemos que lo tenía en su bibliteca, como se advierte en el catálogo de ésta publicado por la universidad argentina de Córdoba, y lo citó numerosas veces en sus Notas al Código. De hecho emplea una técnica similar a la del autor del proyecto isabelino acompañando su obra con glosas explicativas de los motivos y concordancia de los preceptos que proponía, y que son muy útiles para conocer las fuentes y sentido de los mismos. En alguna ocasión, se aprecian también en las concordancias las mismas erratas. Con todo la influencia del "Proyecto del Señor Goyena", como lo cita Vélez Sarsfield, queda paladinamente clara.

Lo mismo sucedía con la influencia de la doctrina; la apertura a otras influencias europeas ultrapirenaicas, no sólo había comenzado en los años coloniales –como hemos tenido ocasión de apuntar- sino que, en parte, venía encauzada por la propia opinión jurídica de los siglos XVIII y XIX. A mayor abundamiento, cuando las naciones iberoamericanas se independizan de la Corona de España, conservan durante mucho tiempo en vigencia el Derecho español, o por lo menos lo hacen hasta que se logra la consolidación política de los gobiernos nacionales y, ya despreocupados de la lucha por la emancipación, pueden dedicar sus esfuerzos a la tarea de la renovación legislativa y dictarse sus propios códigos.

Los países hispanoamericanos, excepto Bolivia, participaron en la codificación conjuntamente con España y Portugal. No se limitaron, pues, a recibir códigos europeos o de corte europeo como, por ejemplo, Japón, Siam o Turquía, sino que realizaron también su propia empresa codificadora. Esta codificación hispanoamericana forma una unidad con la codificación española y portuguesa y conjuntamente con ella está ligada doblemente a la europea. Por una parte, recae sobre un derecho europeo vigente en América y, por tanto, es similar a la codificación de Europa y, por otra parte, recoge y aprovecha la experiencia de la primera fase de esa codificación. No estamos, pues, ante un caso de dependencia cultural, sino de comunidad cultural entre Europa e Iberoamérica.Ellos nos debe conducir indefectiblemente a rechazar, por superficial, la communis opinio de la trascendencia de la influencia del Code Napoleón como punto de partida para el estudio de los sistemas jurídicos latino-americanos. En punto a la significación de la influencia francesa, cabe constar un evidente paralelismo entre la codificación en América Latina y el Codice civile de 1865, puesto que tanto las jóvenes repúblicas americanas, como la Italia del Risorgimento ven en el Code civil la consagración de los ideales de su independencia. Pero este dato, por lo que respecta a América Latina, no se puede subvalorar de tal manera que se desconozca –allí donde subsiste la "continuidad" de la tradición jurídica anterior de origen ibérico, sea castellana o portuguesa.

Llegados a este punto, y tras soslayar en mi exposión oral nuestro amplio excursus justificativo de la multisecular conexión jurídica hispano-argentina, cabe preguntarse qué sentido tiene, una vez que el Derecho ha sido encerrado en los códigos, seguir enseñando y aprendiendo Derecho romano en los albores del tercer milenio. Y aquí retornamos forzosamente a la obra que prologamos: la calidad de un manual de una disciplina histórica depende de dos factores: su capacidad para incorporar los avances registrados en la investigación especializada y su inteligencia para interrogar el pasado sobre las cuestiones que interesan al presente. Como ocurría con la manzana de Ortega y Gasset, los cambios que sufren los hechos no son tan relevantes como los puntos de vista que adoptamos frente a ellos. El libro de texto de los profesores Guillén y Fabre se suma con acierto a la vasta corriente bibliográfica que reivindica con rotundidad la enseñanza del Ius Romanum en las Facultades de Derecho. Transcurrieron ya más de cincuenta años desde que comenzó a abordarse de un modo sistemático la importante cuestión de la "crisis del Derecho romano". La alarma suscitada por Koschaker provocó una reacción inmdiata de defensa hasta el punto de que, como con gráfica expresión, señala Torrent: "el tema de la crisis del Derecho romano se convirtió en caballo de batalla de los romanistas durante lo años inmediatamente posteriores" . En realidad, el origen de esta cuestión debe retrotraerse a la etapa codificadora, cuando el Derecho Romano –sustituido por las modernas codificaciones- desparece como derecho aplicable y pasa a configurarse como ciencia histórica.

Si la moderna crisis del Derecho romano se presenta ligada al hecho de su pérdida de vigencia, su resolución no dependerá tanto de determinar el método de su investigación, sino de encontrar la metodología didáctica que debe ser utilizada para que cumpla su finalidad de medio de formación imprescindible para los juristas modernos. Así las cosas y circunscribiéndose al ámbito puramente científico, no cabe hablar de crisis del Derecho romano porque no se han agotado sus inmensas posibilidades, incluso como derecho que puede estar en vigor. El Derecho romano es historia, pero por ser historia no puede declinar sus relaciones con el presente y su enlace con el porvenir. Como ha señalado Biondi, el Derecho romano no es solamente un objeto de erudición, sino el elemento básico para el conocimiento del derecho privado de todos los países con cultura jurídica de progenie europea. Ante los nuevos horizontes de la unificación internacional del derecho privado, el Derecho romano constituye la imprescindible base y reserva de concepciones y esquemas comunes de la jurisprudencia occidental. No es, pues, pura arqueología, sin parte viva del derecho moderno. En efecto, en relación con el derecho positivo, constituye el Derecho romano un poderosísimo auxiliar interpretativo, ya que el Código no representa sino el punto histórico final en la evolución de un principio jurídico y sólo puede llegarse a una posible comprensión del mismo analizando la raíz remota de donde proceda. En decir de Álvaro d’Ors: "la conciencia del valor actual del Derecho Romano nos proporciona una insuperable confianza, un franco optimismo y un gusto por nuestra propia ciencia muy superior, quizá, al que suele encontrarse entre los que se dedican a otras ciencias jurídicas". Y este mismo autor, en unión de otros preclaros romanistas, añade en distinta sede: "La expansión actual de la cultura europea por otros continentes ha venido a plantear en términos nuevos el diálogo entre las distintas tradiciones jurídicas, el cual no se establece ya exclusivamente entre los juristas del "common law" anglosajón y los de las distintas naciones continentales herederas del ius commune, sino entre culturas muy diversas, que podrían parecer incluso exóticas si no fuera por la fe en la base común de todo lo que es humano, por muy divergentes que sus procesos de formación y evolución hayan podido ser".

Además de su valor cultural innegable, el Derecho romano presenta un eminente valor pedagógico para la educación y formación del jurista. Puede decirse, en efecto, que el Derecho romano constituye las humanidades del jurista; con su estudio, adquiere una sólida preparación cultural y científica y un conocimiento íntegro del Derecho, de las instituciones jurídicas en su origen y transformaciones. Por otro lado, el Derecho romano representa un instrumento valiosísimo e inapreciable para la formación práctica y profesional del jurista que se introduce en la técnica y métodos realistas de los juristas romanos estudiando su maravillosa y ejemplar casuística. De este modo, el jurista puede llegar al convencimiento de que el Derecho no sólo es lo que se encuentra recogido en los estrechos límites de un código, y a la convicción de que el Derecho es algo en constante evolución. En suma, el Derecho romano es una gran escuela de libertad.

Siguen, pues, teniendo actualidad las tres funciones del Derecho romano como factor determinante de la evolución jurídica de los pueblos, como elemento integrador de los derechos vigentes y como base indispensable para la formación del jurista que ya señaló, tiempo ha, Ursicino Álvarez. Pero, en definitiva, como muy bien ha dicho Fernández Barreiro: "el Derecho romano depende de sus cultivadores, si conseguimos hacer una enseñanza clara, viva y sustancial, despojada de exégesis estériles y tendencias eruditas; si logramos extraer del mundo romano las magníficas lecciones que aún puede dar a la Ciencia del Derecho: lección de equilibrio y mesura, lección de humanidad y universalidad, entonces el Derecho romano no parecerá como una técnica abstracta, o como un juego del espíritu, sino como un elemento fundamental de la historia de la civilización. En un mundo en el que la mayor parte de los valores con continuamente discutidos, el Derecho romano constituye un valor seguro. Basta para quienes lo enseñan, estar persuadidos de ello".

Y ya descendiendo a aspectos concretos del libro que nos ocupa, los autores, muy acertadamente han optado por abrirlo con la parte de "Historia y Fuentes", tras una breve "Introducción" en la que ubica su sede el concepto del Derecho romano y el por qué de su estudio. Si –como hemos tenido ocasión de señalar- el Derecho romano sirve, sobre todo, para introducir al alumno en los conceptos básicos del derecho privado, lógicamente no es posible dedicar un tiempo excesivo a esta introducción histórica, cuya importancia es esencial por varias razones. En primer lugar porque se trata de la parte del programa más comprometida de explicar, ya que en ese momento el alumno lo ignora prácticamente todo y el docente debe tener sumo cuidado en que las primeras nociones, indispensables, queden bien clarificadas. A nuestro juicio, se trata de un momento especialmente delicado en el que se está iniciando aún la necesaria compenetración entre el profesor y unos alumnos que acaban de entrar en la Universidad. En segundo término, porque –como apunta Daza- la profunda inserción del Derecho romano en la realidad social –entendida en su acepción más amplia- exige una explicación del derecho privado romano en el marco de los fenómenos políticos, económicos y sociales de la época; explicación que –aunque somera en el tiempo por las razones de distribución del programa- debe servir para conferirle al alumno el imprescindible bagaje de conocimientos acerca del derecho público romano del que, desgraciadamente carece.

La segunda parte del libro se refiere a las instituciones de derecho privado romano. Es obviamente la más extensa y, a la hora de estructurarla, los autores han optado por la clásica e inveterada orden expositiva en personas, cosas y acciones, la más genuinamente romana de Sabino y Gayo; en lugar de la propugnada por la pandectística que es la seguida en la mayoría de los tratados y manuales de Derecho romano de progenie europea. Las instituciones se estructuran a su vez en diversos grandes apartados: Personas y Familia, Derecho Sucesorio, Derechos Reales, Negocio Jurídico, Obligaciones y Contratos y se cierran con el Proceso. La Parte General, dedicada a las personas tanto físicas como jurídicas y a la familia, constituye como una antesala del Derecho Hereditario y es tratada a modo de introducción del mismo ya que, como es sabido, la realidad familiar es analizada por la jurisprudencia sólo en su aspecto patrimonial y constituye, al propio tiempo, el ámbito natural de la sucesión mortis causa. Por otra parte, se separan en el matrimonio los aspectos personales de los patrimoniales, dedicando un apartado específico a éstos últimos e incluyendo en el mismo, lógicamente, la dote y las donaciones propter nuptias. A esta misma sede se lleva también la tutela, en razón básicamente de su evidente conexión con la familia, por cuanto, normalmente, es la desaparición del pater familias el hecho que, de manera ordinaria, provoca la aparición de la institución, de ahí que –muy correctamente- la lección de tutela siga a la de patria potestas.

Me parece también muy oportuna la exposición de los Derechos Reales antes de abordar la problemática relativa a las Obligaciones y Contratos, porque si el alumno conoce lo que es la propiedad o la posesión o el usufructo, por ejemplo, podrá calibrar mejor las múltiples posibilidades que ofrecen los modos de obligarse. Los autores se inclinan, frente a la opinión de algunos, por la inserción de un capítulo dedicado al Negocio Jurídico. Es cierto, como señala Torrent en su monografía sobre el tema que "los juristas no hicieron una exposición teórica independiente del negocio jurídico, sino que fueron señalando pautas –siguiendo el método casuístico- principalmente al tratar de las obligaciones y, en cierta medida también, de las sucesiones. La doctrina del negocio jurídico es, pues, una elaboración abstracta de la pandectística, que procedió a sistematizar de un modo unitario las soluciones que los juristas romanos dieron a diversas instituciones, sobre todo en sede de contratos y testamentos, pero como el propio Torrent apunta: "esta aparente fragmentariedad y sedes dispersas del tratamiento de lo que hoy llamamos negocio jurídico, no es tan disperso y caótico como a primera vista pudiera parecer; es evidente el tratamiento romano de figuras como condiciones, término, modo, causa, forma y donde hay conjuntos asociativos convergen siempre hacia conjuntos sistemáticos". Por consiguiente, habida cuenta de que son minoría los programas que hacen caso omiso del tema, los autores, con buen criterio, han optado por darle cabida en el libro a la categoría dogmática del negocio jurídico. El texto finaliza con el Derecho Procesal, ya de que el derecho privado romano fue, en gran medida, un sistema de acciones, lo que implica una íntima conexión entre derecho procesal y derecho sustantivo.

A modo de resumen explicativo en punto a la orientación metodológica seguida por los autores, soy plenamente consciente de que acometer la redacción de un libro de texto constituye una tarea muy delicada. Puede ser afrontada de modos diferentes. Cada uno tiene su justificación basada sobre todo en las cualidades docentes, en la formación cultural y mental del autor y en el ambiente a que se destina la obra. Pero, en todo caso, cabe destacar el esfuerzo de los profesores Guillén y Fabre por emplear intencionadamente un lenguaje simple, claro, pedagógico, en suma, que convierte al manual en accesible en grado muy elevado a los alumnos quienes son a la postre los destinatarios del mismo.

Y ya para concluir quisiera regresar al terreno de las consideraciones generales que ocuparon gran espacio de estas páginas prologales. Ahora que la moda exalta el supuesto heroísmo de Alejandro Magno, cuyo paseo militar apenas legó a la posterioridad algo más que las imágenes de su propia gloria, conviene revisar la historia del imperio que, entre la diástole de su génesis y la sístole de sus fracturas trazó el primer esbozo del dibujo occidental que aún retocamos. Europa viaja hoy por carreteras que imitan el trazado de las vías y habla latín en su forma española, portuguesa, francesa, italiana o rumana. Más de la mitad de América ha importado este acervo lingüístico-cultural. Lo verdaderamente importante de ambos continentes no es que tengan restos romanos, es que son restos romanos. En palabras de Chesterton, realmente no se trata de restos como de reliquias; pues siguen obrando milagros. Una hilera de álamos es más una reliquia romana que una hilera de columnas. Casi todo lo que llamamos obras de la Naturaleza no han hecho más que crecer como hongos sobre esa obra original del hombre; y nuestros bosques son como musgo en los huesos de un gigante. Debajo de las semillas de nuestras cosechas y de las raíces de nuestros árboles se encuentran unos cimientos inequívocamente romanos. Bien dijo Savigny que en nuestra ciencia toda verdad arranca de un cierto número de principios fundamentales y estos son los que constituyen verdaderamente la grandeza de los juristas romanos, de aquellos juristas que nunca abrigaron la pretensión de ser "originales" u "ocurrentes". Los juristas romanos, como los romanistas auténticos de nuestro tiempo, rezuman Derecho. Los prototipos, las bases arquitecturales, los principios fundamentales del Derecho romano tienen todavía validez. Misión nuestra es la de explicar, con trazo firme y vigoroso, todo eso, tal cual han efectuado los profesores Guillén y Fabre. No me siento con fuerzas, de ir más allá y más al fondo. La herida está todavía abierta y sangra.